Hay una sospecha que flota siempre en el aire cuando alguien abre uno de nuestros huevos y ve ese naranja intenso, casi rojizo: “Seguro que le echan algo al pienso”. Y oye, no les culpo. Vivimos en un mundo donde hasta el salmón es rosa porque lo pintan. Pero en Arvipirineos jugamos a otra cosa.
El color de la yema tiene un nombre técnico: betacaroteno. Es el mismo pigmento que hace que las zanahorias sean naranjas o que los flamencos sean rosas. Las gallinas no lo fabrican por arte de magia; lo acumulan de lo que comen. En una granja industrial, donde las pobres no ven el sol, la yema sale de un amarillo pálido, casi triste. Para evitar eso, la industria añade colorantes al pienso. Es legal, sí, pero es un maquillaje.
Nuestras gallinas en Santa Engracia de Jaca son unas «viciosas» de lo verde. Salen cada mañana a picotear alfalfa, hierbas frescas del Pirineo y las frutas que caen de los árboles. Ese festín de clorofila y pigmentos naturales va directo a la yema. Por eso, cuando bates uno de nuestros huevos, el color te salta a la cara. No es un truco de laboratorio, es el resultado de una gallina que ha vivido como lo que es: un animal de campo.
